El oscuro rincón de lo inefable
El fatal descubrimiento del cianuro, el vértigo de los agujeros negros, la fórmula definitiva de todas las matemáticas, la poesía del mundo subatómico, la imposibilidad de entender el mundo: leer Un verdor terrible de Benjamín Labatut (Anagrama, 2020) es un viaje acelerado de fabulosas asociaciones ficticias hacia la ciencia del siglo XX.
Cinco relatos con dosis oníricas y frenéticas de biografías y descubrimientos cuyo derrotero nos acerca al oscuro rincón de lo inefable. Viaje que nos pierde en laberintos maníacos y solitarios de los genios que crearon la física cuántica buceando en fórmulas que cambiaron nuestra historia y nuestra sociedad para siempre. Genios relegados y olvidados por los grandes titulares, científicos con la pulsión de vida de un artista, obsesionados por obras y fórmulas, teorías que rayan en lo esotérico, que rozan lo irracional, donde el método y la investigación pasan a cuarto plano y se integran de manera paradójica en una curiosidad incendiada.
A pesar del éxito de la galardonada película Oppenheimer, el auge taquillero de superhéroes con poderes basados en la Teoría de la relatividad, las series de ficción sobre la era nuclear o las sitcoms de académicos cuánticos, la física teórica y la química nunca han resultado más magnéticas que en este libro que catapultó la carrera de Labatut.
Decía Roland Barthes en su artículo “La muerte del autor” que «en las sociedades etnográficas, el relato jamás ha estado a cargo de una persona, sino de un mediador, chamán o recitador, del que se puede, en rigor, admirar la “performance” (es decir, el dominio del código narrativo), pero nunca el “genio”≫. La performance de Labatut fusiona fondo y forma: las circunvalaciones maniáticas del pensamiento de cada protagonista se dibujan en la narración asociativa de los acontecimientos y la cascada de ideas simultáneas. El mediador, el autor muerto, nos lleva de la mano para atravesar el espejo y caer por el agujero de la madriguera de la Razón.
Chamán de las palabras, Labatut nos sube al tren fantasma de sus relatos y desaparece. Su maestría está en haber creado el recorrido, relatar el ansia por descubrir la salida de la verdad, la fiebre que no termina en delirio, la ferocidad que culmina en la llana realidad desnuda de los héroes o villanos de la ciencia.
Los intoxicados olvidos, las singularidades de la Razón, las locuras del pensamiento y las sincronicidades de los fatales descubrimientos científicos son el elixir de Labatut. Un performer que alquimiza el genio ajeno y transmuta la literatura de la tercera persona. La performance narrativa de la mirada al vacío es la actuación de un diario íntimo que nunca leeremos, el diario que no se escribe con palabras. Es el lenguaje el que habla, Barthes dixit. Y el lenguaje pregunta, responde y cuestiona; discute hasta dónde es posible preguntar.
Un verdor terrible desborda de pensamientos que rizan el rizo de la razón borrando los límites del YO y del tiempo. Descubrimientos y creaciones que trazan líneas temporales de siglos, con sinos paralelos o más bien, perpendiculares. Biografías y teorías que se encuentran sin buscarse, con la mística de un encuentro que simula haberse escrito en lienzos de piedra.
La literatura de Labatut nos sacude, busca nuestro sobresalto, pero al mismo tiempo, nos cobija. Como buen chamán, nos acompaña al filo del acantilado para que observemos el abismo y va soltando, dedo a dedo, cada una de nuestras dos manos. Sin embargo, no nos deja caer, porque no hay dónde precipitarse, hay dónde mirarse. El reflejo devolverá lo que cada quien haya logrado descubrir por sí mismo.
Montevideo, 17 de enero de 2024
Eleonora Achugarⓒ