El cuadrilátero vacío



Round 1

Camina con la escafandra, como Armstrong al pisar la luna. Su mirada es una experiencia solitaria, como la de una antropóloga positivista que todo lo observa con profesional desapego, creyendo poder interpretar las variables ajenas, pero conciente de que modificará lo que tiene enfrente: el puente, dos o tres puentes, las calles, el centro comercial, el aeropuerto, un ring de lucha en un barrio popular, una duna cuyo nombre no recuerda, una larga carretera por el rumbo del Cereso, los camiones, los barrios, las montañas, la gente, las muertas, la policía, los vendedores, los turistas adolescentes, las cantinas, los asiáticos, los estudiantes mexicanos, los estudiantes gringos, las farmacias, la arena y el polvo, ninguna de esas cosas podrán ser nunca lo que son para los demás, porque para ella, que no vive ahí y que no los conoce, ni los entiende, ni aprecia; para ella, nada es real, nada puede suceder, nada está sucediendo, porque sea lo que sea que pase no podrá verlo por tener puesta la escafandra y si no lo ve no existe, si no lo escucha ni lo percibe, no es… entonces, la ciudad puede desplegarse, hacer como quiera, ser un personaje más en la comedia de la vida, un ser creado por la civilización para su propia decadencia, como llover sobre mojado y pasar un papel secante para que, al final, se pueda exprimir sobre un bote de basura que será recogido para trasladarse al centro municipal más cercano y las personas vivir y morir, seguir y, sin embargo, sea lo que sea o fuera lo que fuera, no sería o no es, porque ella lo estará ignorando o desechando, por subestimarlo, por paralelo, porque todo eso es pasajero, pequeños fragmentos que nunca corresponden a la escena primordial y porque conocer una ciudad no es recorrer todo su territorio, transitar por todas sus expresiones culturales, intercambiar experiencias con todos sus grupos sociales, porque un espacio no es una línea recta ni un pensamiento simple, ni lo es la sociedad que en él habita y porque la antropóloga piensa, con la escafandra, que en esta ciudad en particular nunca se desarrolla la vida cotidiana de un hogar, porque no hay familias en sus casas, porque no existe la vida de la gente, porque todo es un transitar, un movimiento constante en arenas movedizas o un deambular a toda velocidad con el auto en Drive por carreteras que se unen a otras carreteras que cruzan países y saltan ríos, evitan cruces de trenes, impiden frenos bruscos y solapan semáforos. Entonces, un policía es sólo un asesino solitario, un asesino en potencia, un sicario, un mercenario, un paria; podría decir todo eso, escribirlo, compartirlo en una conferencia, pero no es una antropóloga, no toma notas de lo que observa, sólo recuerda y piensa, piensa qué dirá el viajero desprevenido, qué escribirá y supone que el viajero, sea desprevenido o no, dirá que Ciudad Juárez no tiene nada para ofrecer, pero que lo pensará mejor y dirá, que escribirá, que allí como en Tumbuctu, el viaje es una excusa para encontrarse a sí mismo, que cuanto menos tiene la ciudad, más rico es el resultado y que, si bien el viaje no tiene fin y la búsqueda es permanente, la ciudad es un espejo y la memoria es la brújula, y si el mundo fuera plano, dirá y escribirá el viajero, piensa la antropóloga, la mujer de la escafandra, si el mundo fuera plano nunca alcanzaría el horizonte, pero lo buscaría y lo intentaría, piensa y escribe el viajero, supone la antropóloga con la escafandra, iría tras el horizonte sabiendo que podría encontrar la muerte o que el puerto de llegada y desembarque, es la muerte, pero lo perseguiría de todas maneras, no se detendría, porque el viajero, el escritor que viaja, desea lo nuevo, sin importarle su derrotero, espera alcanzarlo porque está inmerso en un desierto de aburrimiento, donde sólo hay oasis de horror, entonces, lo nuevo sería, lo nuevo ES lo único que le importa al viajero, al escritor desprevenido, lo nuevo y la nueva mirada de uno mismo, del exterior, el cambio de perspectiva que lo transformará, que modificará al viajero desprevenido, sin importar que el horizonte no se detenga, sin importar que avance, porque lo nuevo es para el viajero un conejo blanco escurridizo y Ciudad Juárez es su madriguera, pero el escritor, el viajero desprevenido e incansable, usaría la memoria, piensa la antropóloga con la escafandra, aún cuando no cree en ella, aún cuando no la ha visto, el viajero desprevenido la usaría, sin saber que es un espejo, que es un feto sin responsabilidad ni futuro, un murciélago en el espacio de polvo y arena, de montañas rojas en la madriguera, las montañas de Bradbury, las montañas del desierto, el viajero, el escritor pisándole los talones al conejo blanco escurridizo, el viajero y la antropóloga, el viajero y la mujer oscilante en la ciudad del sexo, la ciudad de las semanas de encierro en una habitación de hotel, fea y sucia, fascinante madriguera la del conejo, el conejo que persigue el viajero con memoria insuficiente, el viajero que escribe, el escritor que construye un texto que hace aguas. El viajero desprevenido escribirá que allí como en Tumbuctu, el viaje es una excusa para encontrarse a sí mismo y luego, con inusual algarabía, recordará el corrido que dice: “Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó”, y luego pensará en una onomatopeya y la dirá, pensará en varias y las pronunciará ¡chus!, ¡pow!, ¡guay!, pensará en la cacofonía de la madriguera, pensará y tratará de escribir la cacofonía, nunca una hipérbole, nunca una metáfora paciana, nunca una figura retórica homenaje a García Márquez, nunca ni muy realista, ni muy mágica, más bien nada mágica, tal vez surrealista, surrealista sin encanto, como un cuadro de Dalí, pero sin misterio, como el calor de un reloj derritiéndose sin prisas, detenido sin dejar caer la última gota. Y el escritor incansable, el viajero desprevenido, escribirá la imagen y la leerá, piensa la antropóloga de la escafandra, y el viajero, el escritor, entenderá que la gota es la tristeza de la ciudad y que la ciudad es una carcajada triste, una egocéntrica disquisición siquiátrica, una boca que se abre como un agujero negro, una boca muda como un niño autista, una ciudad autista.

 

Round 2

La antropóloga tiene miedo de quitarse la escafandra. La antropóloga teme que, al hacerlo, vea y escuche demasiado. La antropóloga no quiere escribir, no quiere pensar: Ciudad Juárez no es una ciudad. Ciudad Juárez es un memorial, la materialización de nuestros peores pensamientos. Ciudad Juárez es una figura retórica, una criatura que no ha nacido, un ser en suspenso, sin presente y sin futuro, sin responsabilidad, el recuerdo de un feto sin memoria. Ciudad Juárez es el rey desnudo, un rey que no se sabe señalar con el dedo. Juárez es una ciudad como un murciélago en el espacio. Ciudad Juárez es la visión de un interno tras cuarenta días de electroshock y terapias de sueño. Ciudad Juárez, una ciudad para el viajero desprevenido y la mujer oscilante. Ciudad Juárez, una ciudad que puede verse desde Estados Unidos y de noche, rumbo a una fiesta, tal vez una primera fiesta en la ciudad, a poco de llegar y desde un barrio de casas viejas, en una elevación, un horizonte que no se vuelve a ver, un panorama que se divisa a pocas cuadras, cuarenta quizás, que se distingue claramente, desde el otro lado del puente. La ciudad, Ciudad Juárez, desordenada, caótica, con un color y un alumbrado diferente, una ciudad de calles sin planear, una ciudad latinoamericana, una ciudad que no es la apolínea, simétrica, muerta, planificada ciudad primermundista. Ciudad Juárez se junta, pero no se revuelve. Ciudad Juárez, hermana siamesa, Ciudad Juárez-El Paso, historia de dos ciudades, la historia que todos odian, el relato que sólo el par puede reivindicar, para redimirse, para olvidarse, con un solo hecho y a pesar de la arena y el polvo, a pesar del caos, Dios mexicano y de las multitudes de peatones, las muertas, los narcos, los políticos, los adolescentes en coma alcohólico, las tabledancers de la Mariscal, los tamales, el queso real, los burritos, las carreteras, las avenidas, el asfalto y el agua de Jamaica, los anaqueles de tornillos, desarmadores, clavos y machetes, la línea de producción, las túnicas, los movimientos repetidos, los relojes check in y las horas check out, a pesar de las maquiladoras de historias incompletas, los cuentos para construir una mentira, la sensación de haber cruzado un abismo en una cuadra, y el polvo, la arena, el desierto y las montañas rojas del escenario Bradburyano. A pesar de todo, Ciudad Juárez, el dúo dinámico y Ciudad Juárez, se redimen, se olvidan. Ciudad Juárez nunca es el puerto de llegada. Ciudad Juárez es el recuerdo de que tienes a dónde volver, que te espera una linda habitación con vistas, tu propio oasis. Ciudad Juárez es razón suficiente para amarla y para odiarla, para amarlo y para odiarlo, Ciudad Juárez: el Feto Sin Memoria.


Round 3

La antropóloga no lo hace, no escribe, no piensa. La antropóloga no anota ni crea una oración o varias, no sintetiza la ciudad, no la define, no la explica, no la relata. La antropóloga que sólo piensa, la antropóloga que nunca escribe, la antropóloga que siempre camina con su escafandra.


Knock out, check out

El cuadrilátero está vacío, sin las garras o los puños enguantados. El cuadrilátero vacío es el escenario después de la pelea, el sudor, la sangre y los mocos y las babas, los cubos de cerveza vacíos, rancios, meados, la escena del crimen, la evidencia y la dimensión del horror. El cuadrilátero vacío palpa el terror suspendido, entrando a escena demasiado tarde, llegando a la fiesta tres días después, cuando ya nadie espera, sin vela en el entierro y sin muerto que enterrar. El cuadrilátero vacío, un gran cementerio resucitado que espera el knock out viendo el brazo verdugo del juez que no acaba de contar y van diez, veinte, treinta y cuarenta. Y la arena y el polvo y Ciudad Juárez vacíos, esperan. Y el cuadrilátero vacío espera el knock out que acabe con la derrota, pero los luchadores no han llegado, continúan esquivando golpes en otro lugar y el público aplaude. 


Eleonora Achugar

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